Scientia International Journal for Human Sciences 8 of 24
Dios al reino de los hombres"» (Idem, p. 44) y otro que cuestionaba cómo se puede alcanzar el fin del
absolutismo feudal. Estos debates se inscribían en una realidad en la que existía un modo incipiente de e l
producción capitalista, en el que los trabajadores vendían libremente su fuerza de trabajo a la burguesía que,
a su vez, estaba preocupada por la «competencia cada vez más feroz del exterior y el intercambio mundial,
del que Alemania cada vez menos podía abstenerse» (Marx, 2007, p. 195).
Fue entonces, a partir de 1840, cuando los burgueses alemanes comenzaron a pensar en garantizar
esos intereses comunes convirtiéndose en nacionalistas liberales y exigiendo aranceles proteccionistas y
constituciones. Ahora, según Marx, «se encuentran casi en el punto en el que se encontraban los burgueses
franceses en 1789» (ídem). Esta burguesía desarrolló una literatura que dejó de expresar la lucha de una clase
contra otra y defendió «no las verdaderas necesidades, sino la necesidad de la verdad; no los intereses del
proletario, sino los intereses del ser humano, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna
clase ni a ninguna realidad y que solo existe en el cielo brumoso de la fantasía filosófica» (Marx, 2010, p.
63).
Ante la situación en la que avanzaba ese capitalismo sin Estado, con sus reinos y ducados, muchos
trabajadores fueron expulsados de sus tierras y pasaron a constituir la mano de obra excedente
(desempleados) y a formar, además del ejército de reserva, la nueva clase del lumpenproletariado. Como
consecuencia, el hambre y la miseria pasaron a formar parte de esa realidad. A partir de entonces, surgieron
nuevas preguntas, como por ejemplo: ¿cómo superar esa realidad? Una respuesta que se encontró fue enviar
a ese ejército de hombres, mujeres y niños a las Américas sin, sin embargo, una conciencia de clase con sus
verdaderas necesidades. Pero con una conciencia y verdades que no pertenecen a ninguna clase y, mucho
menos, a una realidad que no es fantasiosa.
Cabe recordar también que en Europa se estaba gestando desde hacía algún tiempo la «ciencia de las
razas». En 1775, el alemán Johann Friedrich Blumembach (1752-1840) publicó su tesis titulada «La variedad
nativa de la raza humana», que contribuyó en gran medida al «racismo científico». Hegel, por ejemplo,
publicó en 1837 su libro titulado «Filosofía de la historia», en el que decía que:
África es el país de la infancia de la historia. Al definir el espíritu africano (negroide),
debemos despreciar totalmente la categoría de universalidad, es decir, el niño o el
negro tienen, de hecho, ideas, pero aún no tienen la idea. Entre los negros, la
conciencia aún no ha alcanzado una objetividad sólida, como, por ejemplo, Dios, la
ley, en la que el hombre tendría la percepción de su ser [...] razón por la cual está
totalmente ausente el conocimiento de un ser absoluto. El negro representa al hombre
natural en su completa ausencia de restricciones. Aunque deben ser conscientes de
su dependencia de los factores naturales [...], esto no los lleva, sin embargo, a la
conciencia de algo superior (Hegel, 1837, apud Marx, 2007, p. 170).