Scientia International Journal for Human Sciences 13 de 17
la revolución mexicana es una revolución interrumpida. Con la irrupción de las masas
campesinas y de la pequeña burguesía pobre, se desarrolló inicialmente como
revolución agraria y antimperialista y adquirió, en su propio curso, un carácter
empíricamente anticapitalista (Gilly, 1994, p. 397).
Para Gilly, la falta de una dirección proletaria y de un programa provocó la interrupción de la
revolución en dos momentos: el primero en 1919-1920 y, posteriormente, en 1940. A raíz de estas
experiencias, Gilly afirma: «Es, por tanto, una revolución permanente en la conciencia y la experiencia de
las masas, pero interrumpida en dos etapas históricas en el progreso objetivo de sus conquistas» (Gilly, 1994,
p. 398).
Esta síntesis de las diferencias entre las estrategias encierra una poderosa crítica teórica y política por
parte del autor argentino. Este sitúa las fórmulas en función de la posición de clase de sus sujetos históricos.
Así, la burguesía intenta mistificar su incapacidad haciendo hincapié en la continuidad de la revolución —
por lo tanto, esta nunca se habría interrumpido—. Esta concepción es compartida por gran parte de las
organizaciones proletarias, en la medida en que no presupone la necesaria ruptura con el orden vigente. Esta
fórmula continuista del proceso revolucionario se asemeja a las elaboraciones de los mencheviques rusos y
los socialdemócratas alemanes —desde Kautsky y Bernstein hasta Mártov y Plejánov—. Quienes lucharán
contra esta interpretación a principios del siglo XX serán Trotski y Lenin, quienes, por caminos diferentes,
se encontrarán en mayo de 1917 en plena Petrogrado revolucionaria.
Volviendo a América Latina, cabe señalar que la segunda formulación estratégica —según la cual la
revoluci a mexicana habría sido meramente democrática-burguesa— se asemeja a la de los bolcheviques de
febrero de 1917, bajo la dirección de Kámenev y Stalin. En aquel momento, creían que las dos revoluciones
—la democrática y la socialista— se separaban en el tiempo, tal y como ocurrió con la revolución burguesa.
De esta interpretación se desprende que la segunda revolución solo tendría lugar cuando el capitalismo se
hubiera desarrollado y madurado lo suficiente como para ser tomado por los obreros y los campesinos. En
esa transición, correspondería una dirección compartida entre obreros, campesinos y la burguesía. Cabe
señalar que esta reflexión era casi unánime entre los revolucionarios de la época, con la excepción de Trotsky
y, en parte, de los espartaquistas alemanes, según Löwy (2015).
En cuanto a las dos primeras fórmulas para entender la Revolución Mexicana, Gilly afirma que la
concepción pequeñoburguesa se basa en «la creencia de que, en la época del imperialismo, las revoluciones
se desarrollan como revoluciones nacionales...; es decir, que las revoluciones son independientes entre sí,
únicas, y se producen dentro de cada país como en un recipiente cerrado» (Gilly, 1994, p. 399).
Una vez más se observa la fuerte implicación de un error teórico en la acción práctica. Cuando Stalin