https://journals.scientia.international/SIJHuman
Scientia International Journal for
Human Sciences
Vol. 1, 1 (2026)
Type: Artículo de Investigación | DOI: 10.56365/9gs0y759
ISSN 3101-6650 © 2026 Los autores. Publicado por Scientia.International S.L. (España).
Artículo de acceso abierto bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0).
Las revoluciones interrumpidas en América Latina: el enfoque de
Adolfo Gilly y Florestan Fernandes
Ricardo Scopel Velho
Instituto Federal de Santa Catarina, Rio do Sul, Brasil
https://orcid.org/0000-0001-9868-0099
ricardo.velho@ifc.edu.br
Resumen
El artículo tiene como objetivo entablar un diálogo con la obra de Adolfo Gilly y Florestan Fernandes sobre la pertinencia del
concepto de «revolución interrumpida» y el de «revolución permanente» en las realidades capitalistas de América Latina. Se
presenta una breve descripción de los procesos de revolución burguesa en México y Brasil, ilustrando los conceptos de
«revolución interrumpida» de Gilly y de «contrarrevolución permanente» de Fernandes. También se analizan algunas fórmulas
estratégicas derivadas de diversas interpretaciones sobre la transición capitalista en la región. Por último, se plantean algunas
cuestiones sobre la vigencia de las categorías de revolución permanente, revolución interrumpida y autocracia para analizar las
realidades latinoamericanas del siglo XXI.
Palabras clave: Capitalismo dependiente; revolución permanente; revolución interrumpida.
Detalles del artículo | Revisión por pares abierta
Editado por:
Michel Goulart da Silva
Revisado por:
Daniel Campos Ruiz
Yván Pozuelo Andrés
Cita:
Velho, R. S. (2026). Las revoluciones interrumpidas en América Latina: el enfoque
de Adolfo Gilly y Florestan Fernandes. Scientia International Journal for Human
Sciences, 1(1). https://doi.org/10.56365/9gs0y759
Historial del artículo
Recibido: 10/03/2026
Revisado: 10/04/2026
Aceptado: 10/04/2026
Publicado: 20/04/2026
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Introducción
Las transformaciones del capitalismo mundial siempre han atormentado a los científicos sociales,
especialmente a aquellos y aquellas que, más allá de sus preocupaciones académicas, también han producido
una obra crítica y militante. En este artículo se pretende reflexionar sobre la incorporación del concepto de
revolución permanente de León Trotsky en la producción teórica de dos de estos autores comprometidos:
Adolfo Gilly y Florestan Fernandes.
Gilly participó activamente en actividades revolucionarias en Argentina, Bolivia, Cuba y, por último,
en xico; Fernandes se afilió a una organización trotskista ya en su juventud y se forjó una trayectoria como
educador militante de la revolución brasileña. Ambos analizan las transformaciones ocurridas en el siglo XX
desde una perspectiva crítica, es decir, desde una mirada que se interesa por la finalidad del acontecimiento
analizado. Como intelectuales militantes, plantearon problemas teóricos que pudieran contribuir a esclarecer
las contradicciones vividas por las sociedades latinoamericanas en especial, la caracterización de las
revoluciones burguesa y proletaria y la transición más o menos rápida entre una y otra. Las formas de
entender esta transición fueron objeto de una profunda polémica en el ámbito del marxismo del siglo XX y
dieron lugar a disputas en torno a distintas estrategias políticas.
Entre las polémicas y problemáticas planteadas por los pensadores analizados, se dará prioridad a la
cuestión de la concepción de la revolución y sus repercusiones en una sociedad de clases latinoamericana.
Origen del concepto de revolución permanente
Para abordar esta cuestión, es necesario recuperar la tradición de la teoría de la revolución basada en
el marxismo. Dicha concepción considera que los conflictos entre los intereses materiales son el motor de la
historia. Para ello, es imprescindible investigar qué contradicciones son fundamentales y cuáles son
secundarias en los diferentes momentos de la trayectoria humana. En los momentos de cambio de modos de
producción, algunos sectores sociales se erigen en protagonistas de la lucha política para hacer valer sus
intereses materiales; y cuando estos chocan con otros intereses, se abre un período de disputa.
En el texto «Mensaje al Comité Central de la Liga de los Comunistas», de 1850, de Marx y Engels
(2010), se analizan las consecuencias del paso del modo de producción feudal al modo de producción
capitalista. Por ello, esta obra es esencial para nuestro debate. En ella, los militantes de la Liga de los
Comunistas partido revolucionario de la época debaten las acciones del proletariado en medio de una
revolución de carácter burgués. La interpretación histórica de los autores indica que la contradicción entre el
grado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción ponía la «clave» de la
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resolución política en manos de la burguesía, ya que esta ya disponía del poder económico creado por el
proceso de mercantilización de la vida social no por alguna determinación preestablecida, sino por el
conjunto de variables implicadas en aquella lucha, en aquella formación social. En esta obra, Marx y Engels
señalaron los escenarios en los que se desarrollaría la lucha política, trazando una estrategia político-
revolucionaria para el proletariado. No lo hicieron basándose en su voluntad, sino en la interpretación objetiva
de la realidad. Ambos eran militantes comunistas y sabían que no se encontraban en medio de una revolución
de carácter socialista, sino de una revolución burguesa.
A partir de esa situación histórica concreta, los dirigentes comunistas y los teóricos sociales señalaron
los elementos fundamentales de un esbozo de teoría de la revolución. Estos son los elementos, según Marx y
Engels (2010):
1. Es necesario analizar objetivamente cuál es el carácter de la revolución;
2. El proletariado necesita una organización autónoma e independiente;
3. Un programa propio;
4. De actividades legales y clandestinas;
5. Es necesario construir un doble poder armado; y
6. Establecer la revolución permanente con carácter internacional.
Este último elemento la revolución permanente es imprescindible para comprender la lógica de
la revolución como elemento constante en la producción social de la humanidad. Fue sobre él sobre lo que
polemizaron diferentes teóricos y dirigentes revolucionarios. El «Mensaje al Comité Central...» era un
llamamiento a la revolución permanente porque varios de los errores cometidos por el proletariado en la
derrota de la revolución de 1848 se debieron a la falta de autonomía e independencia de clase. En palabras
de Marx y Engels, el proletariado quedó a remolque de la burguesía democrática. Estos autores toman de la
literatura revolucionaria francesa el término «en permanence», es decir, que la clase revolucionaria debe
mantener el ritmo de las transformaciones, de forma ininterrumpida, hasta la victoria final. Algo que no
ocurrió en la Gran Revolución Francesa, debido a la Restauración, y que tampoco ocurrió en Alemania en
1848 debido a la traición de la burguesía ya prevista y a la falta de independencia del proletariado.
De este contexto histórico surge la perspectiva de la revolución permanente como parte de una
estrategia revolucionaria de los trabajadores. Es sabido que la revolución permanente es un concepto
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poderoso en la obra de otro autor de la corriente marxista. León Trotsky lo utilizó ampliamente para oponerse
a las interpretaciones mecanicistas de la II y la III Internacional. A continuación se señalan tres aspectos
fundamentales de la elaboración de Trotsky (2007):
1. La continuidad de la revolución burguesa hacia una revolución socialista sin necesidad de etapas
intermedias;
2. En caso de que el proletariado tome el poder, la transición socialista también debe continuar sin
interrupciones;
3. La revolución proletaria debe ser internacional; de lo contrario, retrocederá o se debilitará.
León Trotsky (2007) recurre a la Comuna de París como comparación histórica para analizar la
situación rusa en plena Guerra Ruso-Japonesa, en 1904-1905.
La teoría de la revolución permanente ya está presente en la carta de Marx y Engels, pero es con la
experiencia de la Revolución Rusa de 1905 cuando adquiere objetividad histórica. La burguesía rusa, fruto
de un desarrollo capitalista de fuera hacia dentro es decir, llevado a cabo por empresas francesas, belgas,
inglesas, alemanas, estadounidenses, etc., se materializó en una clase débil desde el punto de vista
económico y con escasa vitalidad política. La combinación de intereses entre esta burguesía local, la
burguesía internacional y la aristocracia agraria encontraba en el Estado zarista una forma política compatible
con una acción común. Así, los aspectos típicos de esta formación social encierran los elementos universales
del modo de producción capitalista de una manera singular. Por un lado, en las principales ciudades, la
industria es el fundamento del mundo que está naciendo; y en el resto del inmenso país prevalecen las antiguas
formas tradicionales del atraso del campo ruso. La síntesis conceptual queda plasmada en la categoría de
desarrollo desigual y combinado del capitalismo ruso. De ahí que la contribución de Trotsky a la evaluación
de la derrota obrera en la Comuna de París y en 1905 en Rusia siente las bases de una formulación estratégica
mucho más poderosa que la aceptada hasta entonces por el movimiento obrero.
La estrategia hegemónica de la II Internacional se basaba en una comprensión no dialéctica de la
necesidad de expandir las relaciones capitalistas antes de una ruptura de carácter socialista. La interpretación
de Trotski imponía una nueva percepción de la lucha de clases, en la que el proletariado debe imponer su
esencia revolucionaria desde el inicio de las batallas y no hacerse ilusiones con la lucha conjunta con la
burguesía contra el antiguo régimen. Dichas categorías serán esenciales para que Gilly y Fernandes
interpreten América Latina.
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Dicho esto, retomamos los fundamentos de los seis elementos señalados por Marx y Engels en el
«Mensaje». Allí se encuentra esbozada una teoría de la revolución. Los seis elementos básicos han sido
abordados por el movimiento proletario y por los propios autores en contextos muy distintos, desde 1850
hasta la actualidad. Marx, por ejemplo, tras el texto del «Mensaje», dedicó el resto de su vida a estudiar la
economía y l a política y a elaborar una crítica de l a política, que culminó con su obra El capital (1867). En
ella, nos deja los principales conceptos que explican el modo de producción predominante. Es en esta obra
donde se encuentran los fundamentos de una teoría de la revolución completa de carácter anticapitalista. Sin
incorporar los conceptos teóricos universales para comprender la lógica del capital, es imposible elaborar una
estrategia revolucionaria victoriosa.
El movimiento proletario, en muchos casos, basó sus interpretaciones únicamente en los esbozos de
la experiencia derrotada de 1848-1850 y no profundizó en los conceptos analíticos de las diferentes
formaciones sociales que figuran en esa obra fundamental, que interpreta el modo de producción capitalista.
Esta insuficiencia del movimiento obrero dio lugar a una concepción ahistórica de las revoluciones y creó
una versión radical-burguesa de la lucha de clases, que no traspasaba los límites del orden democrático.
Parece que Florestan Fernandes y Adolfo Gilly intentan superar esta limitación, basándose en gran
medida en la tradición de la revolución permanente de Marx y Engels, pero también directamente en la de
Trotsky.
La revolución burguesa en México según Gilly
Adolfo Gilly, militante e investigador argentino, pasó por Bolivia, Guatemala, Cuba y México. En
este último país fue encarcelado en la década de 1970. En la cárcel, escribió un libro sobre la Revolución
Mexicana. Según este autor, los acontecimientos de principios del siglo XX en México son sucesos que
vinculan dos transformaciones concomitantes:
1. la acumulación originaria; y
2. la acumulación capitalista.
Al mismo tiempo que una clase de terratenientes vinculados a los negocios agrarios expropiaba a los
campesinos, dicha clase se transformaba en una burguesía que acumulaba riqueza mediante los negocios
industriales. En las revoluciones burguesas clásicas, esto ocurrió con cierta distancia temporal, debido al
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largo proceso de gestación de las relaciones propiamente burguesas aún en el seno del modo de producción
feudal. Las burguesías de las revoluciones clásicas tuvieron que enfrentarse a los obstáculos del antiguo
régimen, lo que provocó conflictos violentos para que el nuevo modo de producción se hiciera efectivo. En
las transformaciones capitalistas tardías, los sectores vinculados al mercado mundial como los propietarios
de esclavos, los comerciantes, los banqueros, etc. se fueron aburguesando. En este sentido, el conflicto no
se desarrolló con las mismas características originales. Estas revoluciones burguesas dejan un rastro de
violencia contra los de abajo: sectores sociales no integrados económica y políticamente en la nueva
situación.
En México, a principios del siglo XX, Porfirio Díaz, antiguo der, y Madero, representante de la
nueva generación aburguesada, llegan a un acuerdo desde las altas esferas e intentan poner fin a la revolución
que estalló en movimientos de masas desde 1910. Sin embargo, Zapata, líder campesino, no depone las armas
y sigue adelante con el Plan de Ayala: «primero se reparte la tierra, luego se discute». Los campesinos y los
obreros, en una mezcla de intereses y contradicciones, encuentran una forma de expresar su contenido de
clase. Cabe señalar: es la imposibilidad de llegar a un acuerdo con la burguesía lo que les impulsa a seguir
luchando, ya que el programa no es anticapitalista. Pero la tensión política del conflicto desemboca en una
guerra civil.
Se abre entonces un período revolucionario. Según Mignon (2020), Gilly nos explica que «la
revolución es producto de relaciones sociales específicas, históricamente definidas, entre los seres humanos
y las fuerzas de producción materiales que constriñen su actuar» (Mignon, 2020, p. 771).
Así pues, la comprensión de los cambios sociales en el seno de una guerra civil solo puede explicarse
a través de una compleja trama de sujetos y acciones. De ahí que una perspectiva mecanicista y lineal no
consiga captar la realidad en su movimiento contradictorio.
El carácter de la revolución en México es difuso, ya que la transformación de los terratenientes en
burgueses sigue un ritmo lento, que no es el mismo entre los campesinos y los obreros. Por este motivo, la
nueva burguesía no asume el poder con la destitución de Porfirio Díaz, al tiempo que los campesinos armados,
liderados por Zapata y Villa, vacilan a la hora de tomar el poder. De esta situación surge un patrón histórico
de la acción de la clase burguesa en América Latina: la represión brutal contra quienes tienen la posibilidad
de imprimir otro rumbo civilizatorio al proceso de transformación económica, social y política en el
continente.
Sin embargo, los cambios no alcanzan la profundidad ni el alcance necesarios. La actuación de los
militares y las vacilaciones de los rebeldes acaban por interrumpir la revolución un momento clave en la
explicación de Gilly. Este militante y teórico, al reflexionar sobre los orígenes de su interpretación de la
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interrupción de la Revolución Mexicana, afirma:
En opinión de Trotsky... el cardenismo era una forma «sui generis» de bonapartismo,
que intentaba elevarse «por encima de las clases», haciendo concesiones a los
trabajadores con el fin de asegurarse cierto margen de maniobra frente al capital
extranjero (Gilly, citado en Mignon, 2020, p. 781).
El objetivo de este artículo no es profundizar en el análisis del proceso revolucionario mexicano, sino
simplemente señalar que la interrupción de la revolución en una etapa democrática-burguesa dio lugar a un
perfil pico de formación social en ese país. También es importante destacar que, si bien la interrupción tiene
aspectos negativos, también presenta aspectos positivos, ya que fue precedida por una violenta lucha de clases
entre los sectores dominantes y los dominados por ejemplo, la experiencia de una organización militar
disciplinada y comprometida con la revolución. Esa educación política puede percibirse en la tradición de
las organizaciones populares, sindicales e indígenas mexicanas hasta la actualidad.
La revolución burguesa en Brasil según Florestan Fernandes
El sociólogo Florestan Fernandes se vio, desde muy joven, en el reto de comprender la sociedad
brasileña. Tuvo que ganarse la vida trabajando desde los seis años; a los 20, decidió matricularse en la
entonces recién fundada Universidad de São Paulo (USP), en la carrera de Ciencias Sociales. Al mismo
tiempo, inició su militancia política en el Partido Socialista Revolucionario (PSR), de orientación trotskista
y miembro de la IV Internacional (Silva, 2024). En 1946, Florestan Fernandes tradujo por primera vez al
portugués la obra de Karl Marx «Contribución a la crítica de la economía política». Estos datos biográficos
son necesarios para situar el doble papel desempeñado por el autor: el de científico social y el de militante
revolucionario.
Desde sus primeras obras, el sociólogo de São Paulo se propone explicar la transición del antiguo
régimen colonial a la sociedad de clases. Sus investigaciones sobre los tupinambás, sobre la integración de
la población negra y sobre el folclore en São Paulo son trabajos que, en diferentes dimensiones, presentan las
características económicas, políticas, sociales y culturales de la formación social brasileña. En un momento
determinado de su producción tras el golpe militar de 1964 y, sobre todo, tras su jubilación forzosa en
1969, libra una guerra sin cuartel contra el carácter autocrático de la burguesía brasileña.
Una de sus contribuciones fundamentales radica en su explicación de la revolución burguesa, que se
asemeja, a grandes rasgos, a la concepción de Gilly. Para Fernandes, existe una transformación capitalista en
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los países de origen colonial que se diferencia de las revoluciones burguesas clásicas. En estas últimas, el
núcleo impulsor de dicha transformación económica proviene del exterior; por lo tanto, son sociedades
heteronómicas. En estas, las fuerzas económicas procedían del interior, es decir, contaban con un núcleo
irradiador interno de las relaciones capitalistas y del conflicto de clases, por lo que eran sociedades
hegemónicas.
Con la creciente complejidad del mercado mundial surgido tras el proceso de industrialización
europeo, las colonias fueron objeto de la expansión de las relaciones capitalistas. Fernandes (1975) tipifica
los patrones de dominación externa: 1. Colonialismo: en el que la sumisión de las sociedades de acogida se
producía mediante mecanismos políticos y jurídicos de dominación. Es la época de la dominación de los
Países Bajos, Portugal y España; 2. Neocolonialismo: la sumisión ya es económica; sin embargo, se produce
mediante la incorporación del espacio social a la metrópoli a través de mecanismos de mercado en un proceso
de intercambio simple de mercancías; 3. Imperialismo: es una dominación económica, política y jurídica, en
la que los países imperialistas imponen normas a los países colonizados, que, a su vez, incorporan las
relaciones de producción propias del modo de producción capitalista. Inglaterra, Francia y Estados Unidos
son ejemplos de este tipo; 4. Imperialismo total: la forma más completa de dominación capitalista. Es en esta
forma donde las naciones dejan de ser gradualmente el fundamento organizativo de la sumisión, allanando el
camino para el papel activo de las grandes corporaciones. Estas pasan a crear y recrear las relaciones de
autoridad/dependencia en todos los niveles de la sociedad.
Cabe señalar que las formas de dominación externa son una caracterización de las relaciones
capitalistas en movimiento, es decir, que se transforman según la materialidad de cada período histórico. A
esta caracterización se suma la conceptualización sobre la constitución de las burguesías en países en
transición colonial-neocolonial-dependientes. El autor señala que, en América Latina, existen diversos grados
y formas de desarrollo capitalista, siendo algunos países aún neocolonias y otros ya dependientes.
El concepto de capitalismo dependiente reviste también una importancia fundamental en este
momento de la exposición. Partiendo de él, Fernandes construye su explicación de la revolución burguesa
específica de los países capitalistas dependientes, entre ellos México y Brasil. Para él, la transformación
capitalista no iba acompañada de la creación de un orden social competitivo, sino que persistían tradiciones
de autoritarismo arcaico sobre una nueva base económica mercantil. Es decir, la antigua sociedad esclavista
va dejando de existir debido a la universalización del mercado de la mano de obra, aunque sin dejar de
convivir con elementos híbridos supervivientes de aquellas relaciones coloniales. Las interferencias externas
para que el mercado capitalista se expandiera exigiendo el fin de la esclavitud, la racionalización del
derecho y la organización de la administración estatal sobre una base mercantil son percibidas por la élite
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que gestiona la nueva situación económica mundial. Al mismo tiempo, estos sectores internos arcaicos se
aburguesan al entrar en contacto con los esquemas de importación y exportación vinculados al mercado
mundial.
Para Fernandes, lo que importa es la «combinación de influencias internas y externas, que calibró (y
sigue calibrando) las dinámicas de la sociedad de clases en función de los requisitos de los patrones
dependientes del desarrollo capitalista» (Fernandes, 1975, p. 75).
Así, las influencias externas, aún en el período de transición neocolonial, son recibidas y gestionadas
internamente por una clase burguesa que les da un nuevo significado y actúa de acuerdo con su base material
de intereses. Dichos intereses consisten en la acumulación de capital determinada por su lugar en la división
internacional del trabajo. Cabe señalar que la forma en que surgió y se expandió el mercado en América
Latina no enfrentó a una nueva clase ávida de beneficios con otra clase que defendiera sus intereses de forma
violenta. Aquí lo que ocurre es una conciliación « » desde arriba: una revolución burguesa no clásica. Existe
una sociedad naciente muy peculiar, en la que los cambios en la base económica propician un acuerdo entre
los sectores «de arriba». En resumen:
Las relaciones laborales de origen colonial sirvieron de soporte al tipo de
acumulación originaria de capital que alimentaría el surgimiento del mercado
capitalista moderno, la inclusión directa en el mercado mundial y el esquema de
producción-exportación-importación que ambos suponían (Fernandes, 1975, p. 62).
Además, se produce una rearticulación del conjunto del sistema, y lo que parece «arcaico» se actualiza
de hecho, sirviendo de soporte a lo moderno, por lo que lo moderno parece perder ese carácter, revitalizando
su opuesto o generando formas socioeconómicas que mezclan la acumulación precapitalista con la
acumulación específicamente capitalista» (Fernandes, 1975, p. 62).
El fragmento anterior es un claro indicio de la influencia del pensamiento de Trotsky en la
formulación de Fernandes. La lógica del desarrollo desigual y combinado resulta evidente, y sin ella no es
posible comprender la particularidad de las formaciones sociales latinoamericanas.
En contraste con ellas, en el caso de EE. UU. se produjo una revolución burguesa con una
autonomización nacionalizadora que enfrentó a los sectores arcaicos contra los modernos. La Guerra de la
Independencia cumplió la función de actualización histórica de la transformación capitalista y, al mismo
tiempo, creó un orden social competitivo marcado por la especificidad de los vestigios de la Guerra de
Secesión: la profunda cicatriz del racismo. En América Latina, las transformaciones se vieron privadas de
esa modernidad que lanzó a una burguesía conquistadora a la arena de la historia. En el subcontinente, la
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tónica fue la interrupción de los cambios progresistas en una etapa anterior a la socialización política de los
sectores marginales y recién incorporados al mercado. De este modo, los negros, los indígenas y los blancos
pobres quedaron al margen de la construcción de la historia, sin más remedio que sufrir.
En esta breve descripción se percibe una línea divisoria: por un lado, los países y las clases que tienen
capacidad para actuar con autonomía en este caso, EE. UU.; por otro, los países y las clases que son
heteronómicos o dependientes. Esto se debe a la historia de la constitución social en la que se desarrollaron,
estando determinadas no solo por sus propios intereses, sino también por las negociaciones de sus posiciones
de poder en su condición de economías dependientes. Las clases burguesas de estas sociedades son débiles
hacia el exterior, pero muy fuertes hacia el interior. Según Fernandes (1975, p. 69):
Las «clases privilegiadas» (es decir, las clases «altas» y «medias») sufren
limitaciones estructurales generadas directamente por el modelo dual de acumulación
originaria de capital y por la consiguiente modalidad de apropiación repartida del
excedente económico nacional (Fernandes, 1975, p. 69).
Fernandes explica la forma específica de la relación de dependencia mediante el mecanismo de
apropiación dual del excedente económico. Esto significa que los recursos producidos por esa sociedad se
drenan en parte hacia el exterior, lo que imposibilita una acumulación primitiva capaz de impulsar a la
burguesía hacia una acción autonomizadora. Así, la base material de estas burguesías dependientes es débil
y discontinua, ya que carece de plena capacidad de decisión. La explicación dualista que proponía una
alianza entre los sectores populares y la burguesía nacional para limitar el poder imperialista no tuvo en
cuenta la cooptación objetiva a la que estaba expuesta la clase burguesa local. El significado práctico de este
esquema es la inviabilidad de una alianza con cualquier sector burgués para dar continuidad a la revolución.
Esta interpretación choca con las explicaciones de la III Internacional comunista, que definió en 1928
las directrices del frente amplio contra el fascismo. Desde el punto de vista político, a la III Internacional le
faltaba una teoría capaz de explicar las particularidades del desarrollo capitalista en la periferia. Hasta aquí
se ha visto que Gilly y Fernandes van en contra de la corriente del movimiento comunista dirigido por la
ortodoxia estalinista.
Fernandes (2015) entabla un debate con aquellos sectores de la izquierda que sitúan la estrategia de
cambio social en una interpretación errónea de la descolonización. El sociólogo de São Paulo afirma que la
teoría del colonialismo interno marcada notablemente por la interpretación del Partido Comunista
Brasileño de la época enarbola «las banderas de la lucha contra el “feudalismo”, contra las estructuras
arcaicas de producción y, sobre todo, del antiimperialismo» (Fernandes, 2015, p. 100). Sin embargo,
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Fernandes vaticina: «algo es mejor que nada» (Fernandes, 2015, p. 100). Su reflexión se remonta a la
oposición a las teorías críticas que se sitúan en el espectro del radicalismo burgués y del nacionalismo
reformista. La comprensión de la evolución de la transformación capitalista en los países de origen colonial
le obliga a replantear las cuestiones clásicas sobre la evolución de la economía mundial. Fernandes plantea
la problemática de la siguiente manera: «La historia no se repitió porque no había razón para que se repitiera.
Se trataba de otra historia, la historia del capitalismo en los países de origen colonial» (Fernandes, 2015, p.
92).
La continuidad de la teoría social de Fernandes se complementa además con una aguda teoría del
Estado en este capitalismo dependiente. Para él, el Estado es la forma política capaz de aglutinar las diversas
«islas burguesas» surgidas de la transición neocolonial hacia el capitalismo dependiente. Tomando como
referencia las revoluciones alemana y japonesa que utilizaron el Estado como concentrador de poder
político para compensar la tardía incorporación de esos países a la competencia imperialista, Fernandes
afirma que el Estado en el capitalismo dependiente hace posible la unificación de la acción burguesa para
hacer frente a los conflictos contra «los de abajo».
De ahí surge un patrón de lucha de clases muy duro y cruel con la clase trabajadora. Fernandes (2005)
caracteriza esta acción política como una auténtica autocracia burguesa, y al Estado como un o autocrático
burgués. Este sirve
de motor a medidas políticas, militares y policiales contrarrevolucionarias, que
vincularon al Estado nacional no a la democracia burguesa clásica, sino a una versión
tecnocrática de la democracia restringida, la cual podría calificarse, con precisión
terminológica, como una autocracia burguesa (Fernandes, 2005, p. 313).
A partir de la reflexión sobre la autocracia y el capitalismo dependiente, el pensador brasileño elabora
una categoría clave para la lucha de clases: la de la «contrarrevolución permanente». Según el autor, la
burguesía ha aprendido de las experiencias históricas; el proletariado, todavía no.
Revolución permanente frente a revolución interrumpida
Las elaboraciones teóricas de Gilly y Fernandes retoman en gran medida el concepto de León Trotsky
sobre el proceso de la revolución permanente y sus ramificaciones. Para analizar dichas ramificaciones, es
necesario comprender que las realidades mexicana y brasileña se transforman para incorporar los mecanismos
de mercado capitalistas procedentes de la expansión imperialista. Estas formaciones sociales no fueron testigo
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de una lucha de las burguesías contra los estratos dominantes del antiguo régimen, sino más bien de una
composición conjunta entre los sectores dominantes. De esta primera característica se deriva la segunda,
relacionada con la interrupción de la revolución.
Para Gilly, en México la revolución estaba en marcha cuando los obreros y campesinos se lanzaron a
la lucha para llevar a cabo el Plan de Ayala de Zapata. Sin embargo, la dirección de la acción popular era
campesina, lo que habría impedido avanzar en profundidad en las reivindicaciones radicales. Por otra parte,
la interrupción habría estado relacionada con la insuficiente organización política y programática de las masas
rebeldes.
Otro elemento teórico que pone de manifiesto la experiencia mexicana y su interrupción es la
particularidad histórica que se hace patente en contraste con algunas universalidades del funcionamiento de
las revoluciones. Esto significa que, en el seno del modo de producción capitalista, y en los dolores de parto
para que este vea la luz, se producen necesariamente algunos acontecimientos. Estas universalidades
constituyen la base del pensamiento marxista y están presentes en el arsenal categórico de *El capital*, de
Marx (2017). Pero también existen particularidades, que solo pueden aprenderse mediante el análisis concreto
de las formaciones sociales generadas por el mercado mundial. Tanto Marx como Trotsky siempre tuvieron
en cuenta el internacionalismo del capital y, por lo tanto, la necesaria acción internacionalista del trabajo. De
este modo, interpretar lo universal y lo particular en cada momento histórico es fundamental para trazar una
formulación estratégica y revolucionari . De distintas percepciones de la realidad se derivan distintas
propuestas prático-políticas.
Según Gilly, las interpretaciones sobre la Revolución Mexicana podrían dividirse en tres:
1. La concepción burguesa, compartida por el socialismo reformista:
que afirma que la revolución, desde 1910 hasta hoy, es un proceso continuo, con
etapas más aceleradas o más lentas pero ininterrumpidas, que va perfeccionándose y
cumpliendo paulatinamente sus objetivos bajo la guía de los sucesivos «gobiernos de
la revolución» (Gilly, 1994, p. 397).
2. La concepción pequeñoburguesa y del socialismo centrista, que «sostiene que la revolución de
1910 fue una revolución democrático-burguesa que no logró sus objetivos más que de forma parcial o muy
parcialmente» (Gilly, 1994, p. 397). Según esta concepción, es necesario llevar a cabo otra revolución.
3. La concepción proletaria y marxista, que afirma que
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la revolución mexicana es una revolución interrumpida. Con la irrupción de las masas
campesinas y de la pequeña burguesía pobre, se desarrolló inicialmente como
revolución agraria y antimperialista y adquirió, en su propio curso, un carácter
empíricamente anticapitalista (Gilly, 1994, p. 397).
Para Gilly, la falta de una dirección proletaria y de un programa provocó la interrupción de la
revolución en dos momentos: el primero en 1919-1920 y, posteriormente, en 1940. A raíz de estas
experiencias, Gilly afirma: «Es, por tanto, una revolución permanente en la conciencia y la experiencia de
las masas, pero interrumpida en dos etapas históricas en el progreso objetivo de sus conquistas» (Gilly, 1994,
p. 398).
Esta síntesis de las diferencias entre las estrategias encierra una poderosa crítica teórica y política por
parte del autor argentino. Este sitúa las fórmulas en función de la posición de clase de sus sujetos históricos.
Así, la burguesía intenta mistificar su incapacidad haciendo hincapié en la continuidad de la revolución
por lo tanto, esta nunca se habría interrumpido. Esta concepción es compartida por gran parte de las
organizaciones proletarias, en la medida en que no presupone la necesaria ruptura con el orden vigente. Esta
fórmula continuista del proceso revolucionario se asemeja a las elaboraciones de los mencheviques rusos y
los socialdemócratas alemanes desde Kautsky y Bernstein hasta Mártov y Plejánov. Quienes lucharán
contra esta interpretación a principios del siglo XX serán Trotski y Lenin, quienes, por caminos diferentes,
se encontrarán en mayo de 1917 en plena Petrogrado revolucionaria.
Volviendo a América Latina, cabe señalar que la segunda formulación estratégica según la cual la
revoluci a mexicana habría sido meramente democrática-burguesa se asemeja a la de los bolcheviques de
febrero de 1917, bajo la dirección de Kámenev y Stalin. En aquel momento, creían que las dos revoluciones
la democrática y la socialista se separaban en el tiempo, tal y como ocurrió con la revolución burguesa.
De esta interpretación se desprende que la segunda revolución solo tendría lugar cuando el capitalismo se
hubiera desarrollado y madurado lo suficiente como para ser tomado por los obreros y los campesinos. En
esa transición, correspondería una dirección compartida entre obreros, campesinos y la burguesía. Cabe
señalar que esta reflexión era casi unánime entre los revolucionarios de la época, con la excepción de Trotsky
y, en parte, de los espartaquistas alemanes, según Löwy (2015).
En cuanto a las dos primeras fórmulas para entender la Revolución Mexicana, Gilly afirma que la
concepción pequeñoburguesa se basa en «la creencia de que, en la época del imperialismo, las revoluciones
se desarrollan como revoluciones nacionales...; es decir, que las revoluciones son independientes entre sí,
únicas, y se producen dentro de cada país como en un recipiente cerrado» (Gilly, 1994, p. 399).
Una vez más se observa la fuerte implicación de un error teórico en la acción práctica. Cuando Stalin
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y Bujarin elaboraron el modelo del socialismo en un solo país, ya habían vivido la época del socialchovinismo
alemán. Al comienzo de la guerra mundial, el Partido Socialdemócrata alemán votó a favor de los créditos
de guerra, lo que llevó a millones de obreros a los campos de batalla para defender el Reich. Tras la
congelación de la revolución en Rusia, Stalin también hizo algo muy similar al circunscribir la acción política
a las fronteras de un solo país, renunciando a la continuidad de la revolución.
Sin embargo, en América Latina, ni la burguesía ni las organizaciones proletarias pudieron dirigir las
explosiones sociales. Cabe, pues, reflexionar sobre la situación. Gilly (1994, p. 402) nos dice que la
concepción marxista afirma que «la revolución mexicana es una revolución interrumpida en su curso hacia
su conclusión socialista. Es la aplicación de la teoría de la revolución permanente a todo el ciclo
revolucionario de México desde 1910».
Se hace posible que sea una revolución permanente gracias a la victoria de la Revolución Rusa de
1917 y a la creación del Estado soviético. Gilly continúa su reflexión preguntándose por qué la revolución se
interrumpe y no es derrotada:
Precisamente porque es permanente. El campesinado mexicano se alzó en armas para
conquistar la tierra. En el transcurso de su guerra campesina, se vio abocado a
convertirla en una lucha por el poder y a poner en tela de juicio el derecho de
propiedad burgués. Supelos límites y las medidas democráticas y aplicó medidas
anticapitalistas empíricas. A través de ellas, desarrolló en la base de la revolución un
contenido empíricamente anticapitalista que, debido a sus limitaciones como clase
campesina, no pudo expresar en forma de programa consciente ni de dirección estatal
capaz de ejercer y , mantener el poder. Le faltó para ello, pues, la intervención
dirigente del proletariado, con su programa y su partido, y la alianza entre obreros y
campesinos (Gilly, 1994, pp. 403-404).
Sin embargo, en el Brasil de Fernandes, el debate sobre la revolución burguesa pasa por comprender
la peculiaridad del capitalismo dependiente. Es desde ese nivel de comprensión de la realidad desde donde
se pueden formular las tácticas que pasen de las acciones dentro del orden a las acciones contra el orden. Por
este motivo, es fundamental localizar el eje de la acción de los trabajadores, lo que exige la siguiente
descripción:
De hecho, se vincula a un intento de las vanguardias de la izquierda por afianzarse en
la dinamización de las transformaciones dentro del orden vinculadas a la revolución
burguesa (estas transformaciones se describieron en Europa como «revoluciones» y
son las que marcan el avance de la revolución burguesa: la revolución agraria, la
revolución urbana, la revolución industrial, la revolución nacional y la revolución
democrática) (Fernandes, 2015, p. 101).
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Aquí, Fernandes señala el arco de cambios sociales engendrados por la lógica burguesa de la
revolución, en su matriz clásica es decir, en las revoluciones de Francia, Inglaterra y Estados Unidos.
De este modo, la diferenciación de las formas y del grado de desarrollo en otros países cobra importancia, ya
que los tiempos históricos no se repiten; los mecanismos de ordenamiento político, social, económico y
cultural son distintos, son peculiares. Si la teoría social no capta estas realidades de forma objetiva, incurrirá
en graves errores científicos y, por extensión, en errores de carácter práctico. Para la clase trabajadora, esto
tiene consecuencias aún más graves, ya que de estos errores se derivan derrotas políticas con un coste humano
incalculable. Es decir, la teoría social crítica no puede ceder ante las ilusiones burguesas.
En este sentido, Fernandes hace una firme afirmación respecto a las propuestas socialistas moderadas
(en total consonancia con las críticas de Gilly) alineadas con la convivencia pacífica entre países en transición
socialista y países capitalistas:
En consecuencia, no contribuyó a adaptar la teoría de las clases sociales y de la lucha
de clases a las condiciones concretas de los países en situación neocolonial o de
capitalismo dependiente; y contribuyó muy poco a plasmar las reivindicaciones de
los trabajadores del campo y de la ciudad en un lenguaje específicamente socialista y
revolucionario. También desembocó, por tanto, en la órbita del reformismo burgués,
aunque no se puede subestimar su importancia en cuanto a la movilización política
de sectores de la población pobre y trabajadora sistemáticamente excluidos de la
cultura cívica y de la sociedad civil, así como para la impregnación nacionalista y
radical-democrática de algunos sectores de las clases medias o incluso de las clases
altas (Fernandes, 2015, p. 101).
La acción circunscrita a la revolución dentro del orden que Fernandes consideraba una desviación
radical-burguesa toma otra orientación cuando se evalúa a la luz de su concepción sobre el avance de la
acción fuera del orden. Cabe señalar:
Llevar la descolonización hasta sus últimas consecuencias es una bandera de lucha
análoga a la revolución nacional y a la revolución democrática y esta
reivindicación tendría que formularse en términos socialistas, aunque con vistas a la
«aceleración de la revolución burguesa». Parece evidente que la descolonización no
puede quedar confinada a esos límites y que, en la acción práctica, en lugar de acelerar
la revolución burguesa, fomenta la «desestabilización» y la evolución de situaciones
revolucionarias hasta puntos críticos (Fernandes, 2015, p. 102).
Esto supone asumir claramente la concepción de la revolución permanente. Más allá de esta
aceleración que corresponde a las clases trabajadoras, también es necesario comprender que la estrategia
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socialista en la periferia cumple la función de calibrar los dinamismos revolucionarios del orden existente a
través de los problemas y dilemas sociales que las burguesías no han intentado afrontar ni resolver, al no
redundar en su interés de clase en las formas de desarrollo capitalista inherentes al semicolonialismo y a la
dependencia (Fernandes, 2015, p. 102).
Estas indicaciones apuntan a un giro en la elaboración de la teoría de la revolución en Brasil. Hasta
mediados de la década de 1970, la formulación de una estrategia permanentista de carácter socialista era una
excepción en el movimiento obrero.
La dialéctica entre una revolución dentro del orden y una revolución contra el orden forma parte de
la fórmula estratégica crítica y creativa que Fernandes inaugura en Brasil. Dicha formulación está poco
estudiada en la literatura marxista y aún menos incorporada a la lucha política por parte de los organismos
de poder obrero.
Consideraciones finales
Al reflexionar sobre las perspectivas de la revolución en América Latina, se percibe la necesidad de
utilizar el arsenal teórico marxista, en especial el concepto de revolución permanente heredado de Marx,
Engels y Trotsky. En el diálogo con los autores aquí seleccionados Gilly y Fernandes, se aprecia la
complejidad de la situación en la que se encontraban México y Brasil durante la transformación capitalista a
la que fueron sometidos. La revolución interrumpida, en el sentido que le da Gilly, tiene una perspectiva
permanentista sobre la revolución; es decir, inscribe en la agenda una acción política de carácter
revolucionario con un programa socialista. Por su parte, Fernandes (2005) utiliza el concepto de
contrarrevolución permanente, señalando que fue la burguesía la que utili la teoría de los cambios
permanentes inherentes al capitalismo dependiente para impedir la revolución socialista lo que constituye,
por tanto, una insuficiencia teórica y práctica del movimiento socialista brasileño.
Cabe también, en este breve texto, enumerar algunas cuestiones que han surgido a raíz de la revisión
teórica de estos autores:
- ¿Podría la categoría de «revolución interrumpida» explicar los acontecimientos de las luchas
políticas obreras en México y Brasil a principios del siglo XXI?
- ¿Puede la categoría de «contrarrevolución permanente» explicar los acontecimientos políticos
ocurridos en América Latina en los últimos 30 años?
- ¿Sigue siendo la autocracia burguesa una herramienta teórica compatible con la forma política
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democrático-burguesa aceptada por la mayoría de los partidos denominados de izquierda?
Por último, la tarea teórico-política de elaborar una teoría de la revolución es urgente, pero no puede
ocultar la necesidad histórica de estudiar sistemáticamente la teoría de la contrarrevolución burguesa. Esta se
produce con inmensos recursos institucionales y se pone en práctica a diario contra los levantamientos
rebeldes de «los de abajo».
Queda mucho por hacer y, como diría el profesor Florestan Fernandes en su campaña para diputado
federal constituyente, en 1988: «Contra las ideas de la fuerza y la fuerza de las ideas».
Referencias
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ENFF.
Fernandes, F, (1975). Capitalismo dependente e classes sociais na América Latina. 2a ed. Editora Zahar.
Fernandes. F. (2015). Poder e contrapoder na América Latina. 2ª Ed. Expressão Popular.
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Gilly, A. (1994). La revolucion Interrumpida. Ediciones Era.
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Marx, K. (2017). O Capital: crítica da economia política: livro I. Boitempo.
Marx, K.; Engels, F. (2010). Luta de classes na Alemanha. Boitempo.
Mignon, C. (2020). Adolfo Gilly, el movimiento trotskista y la revolución socialista em América Latina. In
Gaido, D., Luparello V., Quiroga M. (2020). Historia del Socialismo Internacional. Ensayos marxistas.
Gestión editorial: Ariadna Ediciones.
Silva, M. G. (2024). “Os trotskistas e sua contribuição à interpretação do Brasil”. Cadernos Cemarx, n. 18,
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Velho, R. S. (2020). A transfiguração da revolução permanente na América Latina: um diálogo entre Adolfo
Gilly e Florestan Fernandes. Pacha, nº. 2, p. 23-34.