https://journals.scientia.international/SIJSocial
Scientia International Journal for
Social Sciences
Vol. 1, 1 (2026)
Tipo: [Articulo de Investigación] | DOI: 10.56365/0z09nc07
XXXX-XXXX © 2026 Los autores. Publicado por Scientia.International S.L. (España).
Artículo de acceso abierto bajo la licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0).
El Movimento de Mulheres Negras como sujeto político y epistémico:
autonomía y producción de saberes
Monica Regina Miranda 1*, Angie Edell Campos Lazo 2
1 Universidad Estadual de Campinas (UNICAMP), Campinas, Brasil
2 Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), Lima, Perú; https://orcid.org/0000-0002-1732-4015
* Autor correspondiente: m235987@dac.unicamp.br.
Resumen
Esta investigación analiza el Movimento de Mulheres Negras (Movimiento de Mujeres Negras - MMN) en la década de 1980 como
sujeto político y epistémico, destacando la autonomía como praxis colectiva y situada. A partir de un enfoque interseccional y
decolonial, investigamos el recorrido histórico del MMN en el contexto de Río de Janeiro, entre los años 1980 y 1997, sus
estrategias de resistencia y su capacidad de producir saberes arraigados en las experiencias vividas. El texto articula tres ejes
centrales - acción política, producción de conocimiento y construcción de autonomía - para comprender cómo el MMN tensiona
las estructuras hegemónicas y afirma epistemologías del Sur. Al reconocer el protagonismo de las mujeres negras en la elaboración
de sentidos éticos y políticos, el artículo contribuye a los debates sobre justicia epistémica, derechos y transformación social.
Palabras clave: Mujeres Negras; Autonomía; Interseccionalidad; Feminismo Negro; Epistemologías del Sur; Movimiento
Social.
Detalles del artículo | Evaluación por pares abierta
Editado por:
Bruno César Alves Marcelino
Evaluado por:
Walkyria Chagas da Silva Santos Guimarães
Yasmim Pereira Yonekura
Citación:
Miranda, M. R., & Edell Campos Lazo, A. (2026). El Movimento de Mulheres
Negras como sujeto político y epistémico: autonomía y producción de saberes.
Scientia International Journal for Human Sciences, 1(1), 30.
https://doi.org/10.56365/0z09nc07
Historial del artículo
Recibido: 16/12/2025
Revisado: 16/02/2026
Aceptado: 24/03/2026
Disponible: 28/05/2026
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Introducción
En este artículo proponemos un debate teórico con intelectuales negros y negras brasileños/as, movilizando
una bibliografía nacional comprometida con las epistemologías negras. Al dialogar con estas producciones,
buscamos contribuir a la construcción de perspectivas críticas e innovadoras en las ciencias sociales,
reconociendo el pensamiento negro brasileño como central en la producción de conocimiento socialmente
situado. Este debate se inserta en el contexto de la dictadura militar brasileña (1964-1985) y del proceso de
redemocratización, período en el que los movimientos sociales encontraron, en las brechas políticas, la
posibilidad de reorganización y resistencia colectiva.
La década de 1980 estuvo marcada por una efervescencia política y social en Brasil, especialmente en el
contexto de la redemocratización y de la movilización de los movimientos sociales. En ese escenario, el
Movimento de Mulheres Negras (Movimiento de Mujeres Negras - MMN) emergió como una fuerza
colectiva que buscaba articular las especificidades de las opresiones vividas por mujeres negras,
históricamente invisibilizadas tanto por el movimiento de los hombres negros como por el movimiento
feminista blanco.
El MMN constituye un sujeto político y epistémico que, a lo largo de las últimas décadas, ha articulado
prácticas de resistencia, producción de saberes y construcción de autonomía frente a las múltiples formas de
opresión. Se entiende por sujeto político aquel que, desde una posición históricamente subalternizada,
formula demandas colectivas, disputa espacios de poder y construye una agenda propia de transformación
social. Por sujeto epistémico se comprende aquel capaz de producir conocimiento a partir de su experiencia
situada, desafiando los criterios hegemónicos que definen qué cuenta como saber legítimo. El MMN reúne
esas dos dimensiones de forma indisociable: al organizarse políticamente, también produce conocimiento; al
producir conocimiento, fortalece su acción política. Este artículo propone un análisis crítico del recorrido
histórico del MMN, destacando cómo la autonomía no se presenta solo como un punto de partida, sino como
una praxis situada, colectiva y transformadora.
En los años 1980, los saberes de las mujeres negras afirmaron que raza, género y clase son inseparables en
la experiencia social. Esos saberes valoraron la vida cotidiana, la ancestralidad, la cultura y la militancia
como formas legítimas de conocimiento.
Denunciaron el racismo en el feminismo y el sexismo en el movimiento negro, creando un feminismo
negro autónomo y crítico.
A partir de un enfoque interseccional y decolonial. Ejemplo interseccional y decolonial: el MMN analiza
las opresiones de raza, género y clase como efectos históricos de la colonialidad. Al hacerlo, produce
epistemologías propias y cuestiona la centralidad del feminismo universalista. El texto examina cómo el
MMN tensiona los límites de las estructuras hegemónicas de poder y conocimiento, produciendo sentidos
propios de acción política y saberes arraigados en las experiencias vividas. Al reconocer al MMN como
espacio de elaboración ética y epistémica, se busca comprender su contribución a la justicia social y a la
construcción de epistemologías del Sur.
Para este análisis, se movilizarán referentes teóricos que permiten comprender los procesos de articulación,
resistencia y construcción colectiva protagonizados por mujeres negras en aquel período. Entre los principales
aportes teóricos, se destaca el pensamiento de Lélia Gonzalez (1988), quien sostiene que la experiencia de
estas mujeres no puede ser comprendida solo desde la óptica del género, ya que están sometidas
simultáneamente a la dominación patriarcal y a la violencia racial, lo que resulta en múltiples formas de
exclusión, desde la violencia física hasta la marginación política y social.
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El pensamiento de Lélia Gonzalez es fundamental para comprender las bases del feminismo negro en
Brasil. Sus reflexiones evidencian que la lucha de las mujeres negras no puede ser completamente
representada por un feminismo hegemónico centrado en las experiencias de mujeres blancas de clase media.
Para Gonzalez, el feminismo debe ser plural, interseccional y atento a las especificidades de raza y clase. Las
mujeres negras no pueden ocupar una posición subordinada ni ser vistas como una subcategoría dentro del
feminismo blanco, que, a lo largo de la historia, ignoró sistemáticamente las desigualdades raciales en su
agenda política. La propuesta de Gonzalez va más allá de la crítica: apunta a la construcción de un feminismo
que refleje la realidad de las mujeres negras, sus vivencias y formas de resistencia. Esta mirada interseccional
es esencial para comprender la importancia de la actuación política de estas mujeres y su centralidad en
movimientos que articulan género, raza y clase como elementos inseparables de la opresión y de la lucha por
justicia social.
Sueli Carneiro (2005), por su parte, complementa esta crítica al señalar que el movimiento feminista, en
su mayoría, excluye o margina la voz de las mujeres negras. Carneiro destaca que el racismo estructural es
una de las principales barreras para la plena participación de las mujeres negras en las discusiones feministas
y que las cuestiones raciales deben ser centrales en cualquier propuesta de emancipación femenina. Para ella,
es imposible hablar de libertad o igualdad para las mujeres negras sin un análisis crítico del racismo que
afecta sus vidas de manera directa y profunda. Así, la autora refuerza la necesidad de un feminismo negro
que entienda la intersección entre género, raza y clase como una condición fundamental para la lucha por la
equidad.
Tanto Gonzalez como Carneiro nos muestran que un feminismo verdadero, capaz de atender las demandas
de las mujeres negras, debe ser transformador e inclusivo, rompiendo con las narrativas dominantes que
niegan la experiencia del racismo. Ambas autoras sostienen que la construcción de un feminismo negro exige
la valorización de las vivencias de las mujeres negras y el reconocimiento de que sus luchas no son
secundarias, sino centrales para la construcción de una sociedad justa e igualitaria.
Con base en las ideas de las intelectuales negras, emergió la pregunta que fundamentó esta investigación
teórica: ¿cómo influye el feminismo interseccional, en las múltiples dimensiones de género, raza y clase, en
la lucha de las mujeres negras contra las dominaciones y opresiones de las que históricamente han sido
víctimas? Se parte de la hipótesis de que el MMN, al articular raza, género y clase como dimensiones
inseparables de la opresión, no solo resistió las estructuras hegemónicas de poder, sino que se constituyó
como sujeto epistémico autónomo, capaz de producir saberes situados y prácticas políticas que desafían tanto
el feminismo universalista como el movimiento negro androcéntrico. En ese sentido, la autonomía no se
presenta como resultado final de la lucha, sino como praxis colectiva y transformadora que atraviesa todo el
recorrido histórico del MMN - siendo, al mismo tiempo, condición y producto de la resistencia política y de
la producción de conocimiento de las mujeres negras.
Para responder a esta cuestión, es fundamental comprender cómo las intersecciones entre sexismo, racismo
y clasismo forman un sistema de dominación único que afecta a las mujeres negras de manera específica. El
feminismo negro, por lo tanto, propone un análisis crítico de estas opresiones combinadas, destacando la
necesidad de políticas que consideren esas múltiples dimensiones. Al discutir este enfoque interseccional, se
busca elucidar cómo puede informar y transformar las prácticas políticas actuales, haciéndolas más inclusivas
y eficaces en la lucha contra las desigualdades estructurales que afectan a las mujeres negras.
El MMN de los años 1980 sigue este camino, al representar una ruptura necesaria con el feminismo
tradicional, reivindicando un espacio en el que la cuestión racial sea central y no secundaria. Más que luchar
solo por la igualdad de género, las mujeres negras proponían una transformación estructural capaz de
enfrentar las desigualdades raciales, sociales, económicas y políticas que las afectaban directamente.
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Este movimiento gana aún más fuerza en el contexto de la redemocratización de Brasil, especialmente en
Río de Janeiro, donde, durante los años 1980, los espacios de movilización política estaban en efervescencia.
En ese escenario, resulta esencial comprender no solo las demandas históricas de las mujeres negras, sino
también sus vivencias subjetivas y las formas de articulación política que construyeron en aquel período. La
lucha de las mujeres negras no se restringía a la crítica al feminismo blanco, sino que abarcaba múltiples
demandas sociales, territoriales y culturales, tales como el combate a la violencia doméstica e institucional,
el acceso a la salud reproductiva, la valorización de la cultura y de la ancestralidad negra, y la representación
política en los espacios de poder.
En ese escenario, el I Encontro Nacional de Mulheres Negras (Primer Encuentro Nacional de Mujeres
Negras), realizado en Valença (RJ) en 1988, constituye un hito central de este análisis, por expresar de forma
concreta la autonomía política y epistémica construida por el MMN a lo largo de la década. En este artículo,
utilizamos las estrategias del I Encontro Nacional de Mulheres Negras de Valença para trazar el paso a paso
de su formación, destacando cómo el evento fue idealizado y ejecutado, los criterios de participación y las
razones por las que se hizo necesario. La metodología consistió en el análisis de editoriales de la época y en
la realización de entrevistas semiestructuradas, asociadas a la escucha activa de las trayectorias de las
interlocutoras, lo que permitió comprender el contexto histórico y las experiencias construidas por ellas. Los
boletines también presentan las justificaciones de esa decisión y de la importancia del encuentro como un
espacio dedicado, pensado y organizado por las propias mujeres negras. Para complementar, utilizamos la
revista Nzinga, de la época, que acompañó y documentó los desdoblamientos del encuentro.
Un punto central de ese encuentro fue la decisión de no permitir la participación de hombres ni de
feministas blancas, reflejando la intención de dar voz exclusivamente a las mujeres negras y colocar sus
cuestiones en el centro de los debates y reflexiones.
El artículo está organizado en tres secciones. La primera examina el surgimiento del Movimento Negro
Unificado (Movimiento Negro Unificado - MNU) y su relevancia para la lucha de las mujeres negras. La
segunda analiza la actuación de las mujeres en el interior del MNU, destacando el enfrentamiento al
machismo y la construcción de alianzas políticas. La tercera sección discute la autonomía como praxis
colectiva en el MMN, articulando la experiencia del I Encontro Nacional de Mulheres Negras de Valença
(1988) con la producción de saberes situados y epistemologías del Sur. Por último, la conclusión retoma los
ejes centrales del debate y señala las contribuciones del MMN para la justicia epistémica y social.
Recorrido metodológico y epistemológico
Desde el punto de vista metodológico, este artículo se inscribe en una perspectiva cualitativa e
interpretativa, comprometida con la producción de conocimiento situado y socialmente comprometido. Las
fuentes primarias movilizadas - editoriales, boletines y la revista Nzinga - fueron seleccionadas por ser
documentos producidos por el propio MMN, lo que significa reconocer a las mujeres negras no como objetos
de análisis, sino como sujetas productoras de saber. Las entrevistas semiestructuradas, por su parte, fueron
realizadas con militantes que participaron directamente en el I Encontro Nacional de Mulheres Negras de
Valença (1988), privilegiando la escucha activa como instrumento de producción de conocimiento
comprometido con las experiencias de las interlocutoras.
El análisis de las fuentes fue conducido a partir de la hermenéutica crítica y del análisis del discurso situado,
procedimientos metodológicos coherentes con la perspectiva epistemológica decolonial adoptada. Estos
procedimientos permiten interpretar los documentos no solo como registros históricos, sino como
enunciaciones políticas y epistémicas que revelan las formas de producción de sentido del MMN.
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El enfoque interseccional, tal como fue desarrollado por Kimberlé Crenshaw (1989) y profundizado en el
contexto brasileño por Sueli Carneiro y Lélia Gonzalez, orienta la lectura de las fuentes al revelar cómo raza,
género y clase no operan de forma aislada, sino que se articulan produciendo formas específicas y combinadas
de opresión. Esta lente analítica permite comprender por qué las demandas de las mujeres negras no podían
ser subsumidas ni por el feminismo blanco ni por el movimiento negro androcéntrico.
La perspectiva decolonial fundamenta la crítica a los regímenes hegemónicos de conocimiento y justifica
la centralidad de las epistemologías del Sur en este trabajo. Siguiendo a Boaventura de Sousa Santos (2010)
y la propuesta de Ochy Curiel (2014) de una autonomía insurgente, se comprende que los saberes producidos
por el MMN constituyen formas legítimas y originales de conocimiento, arraigadas en las experiencias
corporales, territoriales y afectivas de mujeres negras. El concepto de saberes situados - desarrollado por
Donna Haraway (1995) y reconfigurado por el pensamiento negro feminista - permite reconocer que todo
conocimiento se produce desde un lugar social específico, y que ese lugar importa política y epistémicamente.
En términos procedimentales, el análisis documental de las fuentes primarias - editoriales, boletines y la
revista Nzinga - fue orientado por tres ejes interpretativos: (i) la identificación de las estrategias discursivas
utilizadas por el MMN para afirmar su autonomía política y epistémica; (ii) el rastreo de las formas de
producción y circulación de saberes colectivos; y (iii) la localización de las tensiones y disputas con otros
movimientos sociales contemporáneos. Estos ejes fueron construidos a partir del diálogo entre el referente
teórico interseccional y decolonial y el material empírico, permitiendo que las categorías analíticas
emergieran del propio objeto, y no fueran impuestas externamente. Las entrevistas semiestructuradas,
realizadas con dos militantes que participaron directamente en el I Encontro Nacional de Mulheres Negras
de Valença, fueron tratadas como fuentes complementarias y trianguladas con los documentos escritos, con
el fin de contrastar memorias individuales con registros colectivos y verificar la consistencia interpretativa
de los hallazgos. Este procedimiento de triangulación entre fuentes documentales y orales permite sostener
las interpretaciones presentadas en este artículo como análisis fundamentado, y no como posicionamiento
arbitrario. A continuación, examinamos cómo la autonomía se construye históricamente en el MMN,
articulando prácticas de resistencia, producción de saberes y acción política.
1. El detonante de la creación del Movimento Negro Unificado (MNU) y la relevancia del
grupo para la lucha de las mujeres negras
La creación del Movimento Negro Unificado (MNU) se inscribe en un contexto histórico marcado por
iniciativas de contestación al poder sociopolítico hegemónico y por denuncias sistemáticas acerca de la
violencia institucional practicada por el Estado brasileño contra la población negra. En ese escenario, un
episodio específico actuó como catalizador de la fundación del movimiento: el asesinato de Robson Silveira
da Luz, taxista negro, ocurrido en abril de 1978.
A partir de esa articulación, activistas de diferentes regiones del país, con destaque para São Paulo y Río
de Janeiro, pasaron a desarrollar acciones colectivas de enfrentamiento al racismo estructural.
La importancia del MNU en el contexto de la lucha antirracista reside, en gran medida, en el hecho de
haber sido una de las primeras organizaciones del movimiento negro en reconocer, de forma explícita y
formal, que las mujeres negras enfrentan desafíos específicos y agravados por la intersección entre racismo
y machismo. Esta comprensión indicaba que las opresiones vividas por mujeres negras no podían ser tratadas
de manera aislada o secundaria, ya que su condición de doble vulnerabilidad, por ser negras y mujeres, exigía
un enfrentamiento político propio.
De este modo, el surgimiento del movimiento de mujeres negras está intrínsecamente ligado al concepto
de interseccionalidad - la articulación entre las opresiones de género, raza y clase, dentro de una estructura
social marcada por desigualdades profundas y sistémicas. A partir de las décadas de 1970 y 1980, las mujeres
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negras comenzaron a organizarse de forma más visible y autónoma, creando sus propios espacios políticos y
formulando una agenda específica que expresara sus demandas y experiencias.
2. La actuación de las mujeres en el MNU: conciencia crítica y enfrentamiento del
machismo
La construcción de la autonomía en el MMN está intrínsecamente ligada a la producción de saberes
situados, que emergen de las experiencias vividas y de las prácticas colectivas de resistencia. En el ámbito
del MNU, la actuación de las mujeres negras fue decisiva para la profundización de una reflexión crítica y
educativa sobre las múltiples opresiones a las que estaban sometidas. Las militantes asumieron un papel
central en la organización de grupos de discusión regionales, espacios en los que compartían vivencias y
analizaban colectivamente los efectos interseccionales del racismo y del machismo en sus trayectorias
personales, profesionales y políticas (GONZALEZ, 1988; CARNEIRO, 2003).
Más que identificar el machismo en las relaciones interpersonales, esos debates buscaron evidenciar su
naturaleza estructural, comprendida como un instrumento de control, explotación y sostenimiento de la
supremacía masculina. Lélia Gonzalez (1988) ya señalaba la necesidad de comprender cómo el sexismo opera
de forma articulada al racismo en la producción de desigualdades que afectan de modo específico a las
mujeres negras. En ese sentido, las iniciativas promovidas por esas militantes buscaban no solo fortalecer su
protagonismo dentro del movimiento, sino también concientizar a los hombres militantes sobre la importancia
de incorporar la igualdad de género como principio político y ético fundamental en la lucha antirracista
(CARNEIRO, 2003).
La creación de estos espacios y la sistematización de los debates evidenciaron la urgencia de reconfigurar
las dinámicas internas del MNU, a fin de promover relaciones pautadas por la equidad y el respeto mutuo. El
objetivo era consolidar un ambiente organizacional libre de discriminaciones de género, asegurando a las
mujeres negras el debido reconocimiento de su agencia política, de su capacidad de liderazgo y de su
contribución teórica y práctica al movimiento.
Desde el punto de vista externo, las relaciones establecidas entre el Movimento Negro Unificado (MNU),
entidades feministas y movimientos de mujeres posibilitaron la construcción de alianzas políticas
estratégicas, especialmente en el enfrentamiento de las múltiples formas de control y violencia dirigidas a los
cuerpos femeninos. Entre las principales pautas de esas articulaciones estaban la denuncia de la violencia de
género y la crítica a las políticas de planificación familiar, frecuentemente implementadas sin el
consentimiento de las mujeres, en especial de las negras y de las pobres. Tales prácticas eran comprendidas
como mecanismos de dominación que reforzaban la marginación femenina y profundizaban desigualdades
históricas (CARNEIRO, 2003).
Las alianzas con otros movimientos feministas tenían como objetivo ampliar el alcance político de las
demandas de las mujeres negras, insertándolas en una agenda más amplia e interseccional. Esa articulación
permitió la politización de temas fundamentales, como el control reproductivo, la violencia institucional y la
autonomía sobre el propio cuerpo, a partir de la comprensión de que el racismo y el sexismo operan de forma
interconectada en la vida de las mujeres negras (GONZALEZ, 1988).
En ese contexto, la actuación de las mujeres negras se desplegaba en dos frentes complementarios:
internamente, en el enfrentamiento al machismo presente en las estructuras del propio MNU; y externamente,
en la construcción de alianzas con movimientos feministas para denunciar prácticas estructurales de exclusión
y violencia. Se trataba, por lo tanto, de una lucha simultánea por reconocimiento y por transformación social.
En contrapunto a la crítica de Lemos (2009) al movimiento negro, es necesario considerar también las
limitaciones del feminismo blanco, que, al universalizar la experiencia femenina a partir de la vivencia de
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mujeres blancas de clase media, históricamente ignoró las especificidades de las mujeres negras. Autoras
como Lélia Gonzalez y Sueli Carneiro denuncian ese borramiento, señalando que el feminismo blanco, al
desconsiderar las intersecciones entre raza, clase y género, reproduce una lógica excluyente semejante a
aquella criticada por Lemos en el interior del movimiento de los hombres negros. Así, tanto el movimiento
de los hombres negros como el feminismo blanco, cuando no son interseccionales, naturalizan el no
reconocimiento de la complejidad de las opresiones vividas por las mujeres negras.
Al afirmar saberes propios y colectivos, el MMN contribuye a la construcción de justicia epistémica,
ampliando los horizontes de la acción política y de la transformación social - aspectos que serán retomados
en la conclusión.
3. Autonomía y producción de saberes: praxis colectivas del MMN
La creación del Movimento Negro Unificado (MNU) se inscribe en un contexto histórico marcado por
iniciativas de contestación al poder
La autonomía y la producción de saberes constituyen, en el MMN, dos dimensiones de una misma praxis
política. La autonomía no se reduce a la independencia organizativa frente a otros movimientos; se
manifiesta, sobre todo, en la capacidad de nombrar la propia experiencia, de definir las categorías con las que
se interpreta el mundo y de formular respuestas colectivas a las opresiones vividas. En ese sentido, la
autonomía es también un acto epistémico: al rechazar las definiciones impuestas por el feminismo blanco y
por el movimiento negro androcéntrico, las mujeres negras afirmaron el derecho de producir sus propios
saberes. A su vez, esa producción de saberes alimenta y fortalece la autonomía.
El Encuentro representó un hito distintivo en relación con eventos anteriores, convirtiéndose en una
referencia en la organización colectiva y en el protagonismo político de las mujeres negras. La principal
diferencia estuvo en la implementación de metodologías y prácticas políticas específicas, comprendidas aquí
como “tecnologías sociales”, que respondieron de forma estratégica e innovadora a las demandas de aquel
período histórico. Ese proceso resultó no solo en articulaciones organizativas robustas, sino también en un
legado de políticas públicas y en el fortalecimiento de la agenda de las mujeres negras en el escenario
nacional.
En la década de 1980, las mujeres negras comprendieron la necesidad de construir una identidad colectiva
fundamentada en prácticas que les permitieran disputar espacios de poder y reivindicar su propia historia de
luchas. La formación de colectivos no se dio de manera aislada o individual, sino que emergió de experiencias
organizativas compartidas, enraizadas en vivencias comunes y marcadas por lazos de ancestralidad. Ese
aspecto confería un diferencial político y simbólico, funcionando como marcador de diferencia y pertenencia.
Estas mujeres comprendían que sus pautas no podían ser fragmentadas, pues las opresiones vividas estaban
atravesadas simultáneamente por raza y género.
Buscaban reconocimiento, pero, por encima de todo, reclamaban equidad en la lucha. Había una necesidad
profunda de autonomía, de desarrollar acciones sociales y políticas que garantizaran su representación y la
consolidación del grupo. Para comprender las estrategias, articulaciones y exigencias realizadas por estas
mujeres, es necesario considerar un gobierno más participativo y una sociedad igualitaria. Ese contexto
proporcionaría reflexiones esenciales sobre la estructuración del proceso de lucha en el activismo,
permitiendo que las demandas de estas mujeres fueran verdaderamente atendidas y reconocidas.
No es posible narrar el I Encontro Nacional de Mulheres Negras de Valença sin realizar una retrospectiva
de 1988, un año marcado por acontecimientos históricos que alimentaron diversos debates. Desde la cultura
negra hasta las reflexiones políticas en torno al centenario de la Abolición de la Esclavitud, 1988 fue un año
emblemático: el 16 de febrero de 1988, las escuelas de samba de Río de Janeiro, Vila Isabel y Mangueira,
eligieron temas que reflejaban esas discusiones. Vila Isabel presentó el enredo “Kizomba: la Fiesta de la
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Raza”, un rescate de la historia del pueblo negro, mientras que Mangueira presentó el enredo “100 años de
Libertad: ¿Realidad o Ilusión?”, que criticaba el tipo de libertad conquistada con la Abolición. El 13 de mayo
de 1988, el movimiento negro organizó la Marcha de los 100 Años de la Farsa de la Abolición, que quedó
marcada por la represión del Ejército Brasileño, que trató a los manifestantes como desordenados al impedir
que la marcha pasara por el Palacio Duque de Caxias. En octubre de 1988, la promulgación de la nueva
Constitución contó con la participación significativa de activistas negros y negras. Finalmente, el 2 de
diciembre de 1988, el I Encontro Nacional de Mulheres Negras de Valença reflexionó sobre la Abolición y
sus desdoblamientos.
El editorial del I Encontro Nacional de Mulheres Negras de 1988 delinea toda la trayectoria de preparación
del evento, su estructuración y la importancia de ese encuentro. El texto también esclarece las razones que
hicieron necesario ese encuentro y la formación del MMN, destacando su papel histórico en el desarrollo del
pensamiento político y social de las mujeres negras en Brasil:
El I Encontro Nacional de Mulheres Negras será un hito en nuestra historia, menos por su carácter político que por su
función ideológica. Este encuentro tiene por finalidad principal congregar a mujeres negras de todo el territorio nacional
y llevarnos a reflexionar sobre la verdadera razón que nos hace diferentes, o la razón por la cual se nos da un tratamiento
diferenciado de los demás individuos que componen la sociedad. (Nzinga, 1988: 2)
Ya en ese primer párrafo, las mujeres negras afirman que el I Encuentro es un hito histórico, no por su
seriedad política, sino especialmente por su papel en la cuestión de los valores. Lo que aquellas mujeres
defendían era que el encuentro no sería solamente sobre cuestiones prácticas o políticas, que en aquel
momento estaban en proceso de maduración. Querían más que reivindicaciones, transformaciones legales o
derechos: las mujeres negras estaban reclamando algo más, que estaría en el campo de la subjetividad, de lo
simbólico, de lo ideológico. En suma, el Encuentro creó posibilidades de pensar y discutir cuestiones mayores
y diversas, como identidad, valores, luchas y la resignificación del ser mujer negra.
El Encuentro buscó reunir al mayor número posible de mujeres negras de todo el país, construyendo un
lugar de habla e intercambio de vivencias. Su objetivo era construir una red de cooperación y así consolidar
el MMN en el país a partir de las propias mujeres negras. Cuando llaman la atención sobre aquello que las
hace diferentes, las mujeres negras están, en realidad, diciendo: “¡Oh! Somos más que una mulata o una
empleada doméstica”. El tratamiento diferenciado señalado por ellas es lo que debe entenderse. ¿Por qué
motivo las mujeres negras son tratadas de manera diferente en la sociedad brasileña? El tratamiento
diferenciado refuerza el pensamiento del racismo estructural e interseccionaliza la combinación de raza, clase
y género. De este modo, las mujeres negras reflexionan sobre lo que significa ser mujer negra en Brasil; por
eso, en ese encuentro la propuesta fue analizar las fuentes de las desigualdades raciales y sociales y las
discriminaciones, así como reflexionar sobre las experiencias y vivencias más profundas y los
enfrentamientos.
Partimos del supuesto de que los movimientos sociales buscan alcanzar cambios sociales y políticos a
partir de las tensiones sociales y de los embates políticos. Así, podríamos entender que, a partir de los variados
encuentros, las brechas que se estaban abriendo debían dar lugar a voces no de victimización, sino de
resistencia, generando una noción de pertenencia y ciudadanía basada en la ancestralidad mediante procesos
que demarcaron y marcaron miradas de autoformación autodefinida con posturas de resignificación y
resistencias. De este modo, también podemos citar la línea de pensamiento del editorial informativo Nzinga,
que muestra cómo en los años 1970 hubo muchos avances en la creación de consejos estatales y municipales,
comisarías de mujeres, así como una mayor actuación de mujeres negras en encuentros, reuniones y foros, lo
que fue significativo para la lucha de los negros. El editorial aún señala que
Lo que está en discusión en realidad es el espacio en el que cada una desea actuar. Y nosotras, de NZINGA, optamos por
trabajar con las cuestiones de la Mujer Negra. Y es por creer en esto que estamos participando efectivamente en la
organización del I ENCONTRO NACIONAL DE MULHERES NEGRAS, idea lanzada por un grupo de mujeres negras
presentes en el IX Encuentro Nacional Feminista, en la ciudad de Garanhuns (PE), en septiembre de 1987. Entre los
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objetivos del Encuentro está “... la elaboración de propuestas políticas que hagan avanzar la organización de las mujeres
negras, colocando ante el mundo la existencia del Movimento de Mulheres Negras en Brasil de forma unitaria y con
diferentes vertientes políticas”. Y también, por creer en esto, estaremos el día 2 de diciembre en el Encuentro Nacional,
en algún lugar de Río de Janeiro. (Nzinga, 1988: 2)
El editorial del I Encontro Nacional de Mulheres Negras, publicado en la revista Nzinga, es en mismo
un ejemplo concreto de producción de saberes situada. Al afirmar que el encuentro tendría una función
ideológica antes que política, las mujeres negras estaban formulando una teoría propia sobre lo que significa
transformación social, una teoría que no parte de categorías académicas, sino de las experiencias de quienes
viven la opresión cotidianamente. Del mismo modo, los boletines y redes de comunicación del MMN
funcionaron como instrumentos de sistematización y circulación de saberes colectivos, creando una memoria
política propia que desafiaba el borramiento histórico de las mujeres negras. Estos documentos no son solo
fuentes históricas: son, ellos mismos, productos de una epistemología en construcción.
El contexto histórico en medio de la Década de la Mujer de las Naciones Unidas (1975 a 1985) se situaba
entre la Dictadura y la constitución del MNU, junto con el proceso de redemocratización y el centenario de
la Abolición. En esos diez años también ocurrió la estructuración del colectivo de mujeres negras, que
impulsaron y accionaron mecanismos que contribuyeron al I Encontro Nacional de Mulheres Negras en
Valença en 1988.
Entre las mujeres negras de varios segmentos ya existía una enorme voluntad de realizar el I Encontro
Nacional de Mulheres Negras de Valença de 1988 como un encuentro que atendiera las necesidades y
reivindicaciones de las mujeres negras. Por esta razón, se creó una comisión para asistir al evento en
Garanhuns (PE). La comisión fue formada por Sandra Bello, Antônia Inês Nolasco, Regina Café, Joana
Angélica y Joselina Silva (SILVA, 2014). La comisión sirvió para articular el evento, con foco en el I
Encontro Nacional de Mulheres Negras, pues el lugar también serviría para crear redes con otras mujeres de
distintas regiones de Brasil. Si el III Encuentro Feminista Latinoamericano y Caribeño de Bertioga 1985 (SP)
ya causó extrañamiento al no incluir en las pautas las demandas de las mujeres negras, dos años después, en
1987, en el IX Encuentro Nacional Feminista en Garanhuns (PE), no sería diferente: seguía pendiente no
abordar las cuestiones de raza y racismo en la pauta principal.
La autonomía, en el contexto del MMN, no se presenta como un punto de partida abstracto, sino como una
praxis colectiva, situada y relacional. Se trata de una construcción histórica que emerge de las experiencias
vividas de enfrentamiento al racismo, al sexismo y a la marginación epistémica. Esta autonomía insurgente,
como propone Ochy Curiel, rompe con los marcos coloniales y patriarcales que negaron a las mujeres negras
el derecho a la autodeterminación, afirmando modos propios de existir, resistir y producir sentidos.
En el MMN, la autonomía se manifiesta en prácticas concretas de organización, cuidado, denuncia y
elaboración política. A través de marchas, encuentros, redes de apoyo y producción de narrativas, las mujeres
negras construyen espacios de escucha, acción y saberes que desafían las estructuras hegemónicas. Esta
praxis no se limita a la reivindicación de derechos, sino que involucra la creación de epistemologías
encarnadas, arraigadas en las experiencias corporales, afectivas y territoriales de las participantes.
Así, la autonomía se convierte en un eje articulador entre acción política y producción de conocimiento.
Al afirmar saberes situados y colectivos, el MMN tensiona los regímenes de verdad dominantes y propone
una ética del cuidado y de la resistencia. Esta construcción epistémica no solo denuncia las violencias
estructurales, sino que también ofrece alternativas de mundo, contribuyendo a la justicia social y epistémica
desde una perspectiva interseccional y decolonial.
El MMN se constituye como sujeto político al disputar espacios de poder y formular una agenda propia
frente a las estructuras hegemónicas. Simultáneamente, se configura como sujeto epistémico al producir
saberes que parten de las experiencias vividas de las mujeres negras, tensionando los regímenes de verdad
dominantes y proponiendo epistemologías enraizadas en la ancestralidad, el cuerpo y la resistencia colectiva.
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Esta doble condición - política y epistémica - es lo que distingue al MMN de otros movimientos sociales
contemporáneos y lo vuelve central para los debates sobre justicia social y epistémica. El I Encontro Nacional
de Mulheres Negras de Valença materializa esta doble condición: fue simultáneamente un acto político de
autodeterminación y un gesto epistémico de afirmación de saberes propios, producidos por y para mujeres
negras.
Conclusión
En suma, lo que las mujeres negras estaban señalando fue que el I Encontro Nacional de Mulheres Negras
fue mucho más que un simple espacio de reunión: allí hubo un lugar de reflexión profunda sobre la identidad
y los desafíos enfrentados por las mujeres negras en Brasil. Un lugar que sirvió para problematizar las
cuestiones que atraviesan a las mujeres negras en diversos aspectos de su trayectoria.
Este evento fue fundamental, pues surgió para dar visibilidad y voz a las cuestiones específicas de las
mujeres negras, que muchas veces eran marginadas tanto por la sociedad en general como dentro del propio
movimiento negro. Las mujeres negras enfrentan una doble opresión, al ser oprimidas tanto por el racismo
como por el sexismo. El encuentro, por lo tanto, representaba un espacio legítimo para que pudieran discutir
sus demandas y crear estrategias de acción. Sin embargo, la reacción de ciertos hombres dentro del
movimiento negro, que llamaron al encuentro “reunión de tortilleras”, refleja una visión prejuiciosa y
misógina, que intenta descalificar la lucha de las mujeres negras por medio de estereotipos sobre su
sexualidad. Al asociar el encuentro con lesbianas, esos hombres intentaban minimizar la importancia del
evento y, al mismo tiempo, reforzar un control masculino sobre el movimiento, donde la masculinidad
heteronormativa era vista como dominante.
Como vimos, la actuación de los movimientos de mujeres negras en la década de 1980 representó un hito
en la reconfiguración de las luchas feministas en Brasil, al evidenciar las limitaciones de una agenda que,
hasta entonces, descuidaba las especificidades de las opresiones interseccionales. En un escenario en el que
el feminismo blanco y de clase media no reconocía la superposición entre racismo, sexismo y desigualdad
socioeconómica, las mujeres negras desarrollaron formas autónomas de organización política, basadas en
estrategias colectivas, saberes ancestrales y prácticas de resistencia cotidiana.
Estos movimientos no solo denunciaron la exclusión dentro del propio campo feminista, sino que también
propusieron una nueva epistemología, centrada en la vivencia y en la experiencia histórica de las mujeres
negras. Al articular raza, género y clase de manera indisociable, estas lideresas anticiparon, en la práctica,
los debates que más tarde serían sistematizados bajo el concepto de interseccionalidad. Así, comprender las
estrategias y técnicas movilizadas por estas mujeres es fundamental para el análisis crítico de las dinámicas
de poder en los movimientos sociales y para la construcción de un feminismo verdaderamente plural y
comprometido con la justicia social.
Los análisis de este artículo sobre el I Encontro Nacional de Mulheres Negras, en Valença (1988),
evidencian que la forma de organización colectiva adoptada fue decisiva para el fortalecimiento de la
conciencia política, para la integración nacional de los liderazgos y para la construcción de propuestas
orientadas a la transformación social. El encuentro se consolidó como hito en la movilización política de las
mujeres negras, con impacto significativo en las esferas política, educativa y cultural, siendo considerado
uno de los pilares estructurantes del feminismo negro brasileño.
Partiendo del supuesto de que la actuación de los movimientos sociales ha estado históricamente marcada
por disputas, avances y contradicciones. En el campo de la lucha antirracista y del feminismo blanco, estas
tensiones se vuelven aún más evidentes cuando observamos cómo determinadas experiencias son silenciadas
o marginadas dentro de los propios espacios de resistencia. Este artículo propone una reflexión crítica sobre
la invisibilización de las mujeres negras tanto en el interior del movimiento negro como en el feminismo
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hegemónico blanco, evidenciando cómo la ausencia de un enfoque interseccional compromete el potencial
emancipador de esas luchas. Buscamos comprender los límites y posibilidades de construcción de prácticas
políticas verdaderamente inclusivas.
Al reconocer al MMN como sujeto político y epistémico, este artículo reafirma la centralidad de la
autonomía como praxis colectiva, situada y transformadora. La trayectoria del MMN revela no solo
estrategias de resistencia frente a las múltiples opresiones, sino también la capacidad de producir saberes
arraigados en las experiencias vividas, tensionando los límites de las epistemologías hegemónicas.
En ese sentido, el MMN contribuye de forma decisiva a la construcción de justicia epistémica y social, al
afirmar modos propios de pensar, actuar e intervenir en el mundo. La articulación entre acción política,
producción de conocimiento y ética del cuidado se vuelve un legado fundamental para los estudios críticos y
para las prácticas comprometidas con la transformación de realidades marcadas por desigualdades
interseccionales.
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