Scientia International Journal for Social Sciences 5 of 18
El tercer movimiento se concentra en los medios como instancia de construcción de realidad y disputa
pública. Kellner (2001) sostiene que la cultura mediática se convirtió en una de las principales instancias de
socialización de las sociedades contemporáneas, al difundir imágenes, sonidos y espectáculos que modelan
identidades y concepciones del mundo y funcionan como arena de disputa entre grupos sociales con intereses
diferentes. Guareschi (2008) y Setton (2010) analizan los medios como matriz socializadora, capaz de ordenar
temas, lenguajes, comportamientos y repertorios culturales. Silverstone (2005), a su vez, comprende los
medios como parte de la vida cotidiana, articulados con la experiencia moral, política y afectiva de los sujetos.
La contribución de Vasconcelos (2021), al examinar medios, conservadurismo y desinformación, refuerza
que los medios de comunicación participan en la formación de ambientes políticos y culturales, produciendo
encuadres que legitiman o deslegitiman actores, agendas y visiones del mundo.
El cuarto movimiento se refiere a la organización de la producción cultural como campo de trabajo,
gestión y política. La obra colectiva organizada por Linda Rubim (2005) contribuye a pensar la producción
cultural como una práctica que articula creación, planificación, difusión, gestión, financiación y mediación
entre artistas, instituciones y públicos. Poli (2021), al retomar la teoría de los campos de Bourdieu (1996),
propone comprender el campo de la producción cultural y creativa como un espacio de relaciones, capitales,
jerarquías y disputas. Esta lectura permite observar que la producción cultural opera entre lógicas simbólicas
y económicas, en tensión permanente entre autonomía, reconocimiento, mercado y políticas públicas.
El quinto movimiento acompaña la incorporación de la economía creativa, las plataformas digitales
y la inteligencia artificial al vocabulario de las políticas culturales. Castells (1999), al analizar la sociedad
red, ya identificaba la creciente centralidad de la información, el conocimiento y las redes digitales en la
organización de la producción, el poder y la experiencia cultural. Silva Junior (2021) muestra que los
conceptos de industrias culturales, industrias creativas y economía creativa reorganizan los vínculos entre
cultura, desarrollo y mercado, especialmente en el Mercosur. Este vocabulario amplió la presencia de la
cultura en las agendas de desarrollo, innovación, turismo e integración regional, pero también generó el riesgo
de reducir la cultura al desempeño económico, dejando en segundo plano sus dimensiones identitarias,
estéticas, históricas y ciudadanas.
La producción reciente indica que los medios y la cultura deben analizarse desde una perspectiva
conectada. Barbosa y Gutiérrez (2022) defienden que la historia de los medios en América Latina sea pensada
mediante conexiones, tránsitos y territorialidades culturales, evitando lecturas aisladas por país, medio o
tecnología. Esta propuesta resulta productiva para comprender el escenario actual, en el cual la circulación
cultural ocurre entre televisión, radio, plataformas, redes sociales, festivales, convocatorias, mercados
digitales y políticas públicas transnacionales. El desafío analítico consiste en observar las conexiones sin
borrar las desigualdades de poder.