Scientia International Journal for Social Sciences 7 of 15
Las consideraciones de Diana Taylor nos llevan a inferir que el repertorio es del orden del registro del
saber, mientras que la performance es la forma de transmisión de ese saber en las culturas orales, siendo la
memoria y el cuerpo los lugares donde se guardan los registros. Es el cuerpo en movimiento y la repetición
de los movimientos lo que, según Taylor, garantizaría la transmisión y la permanencia de los conocimientos.
Por su parte, el archivo y los registros documentales en sentido estricto pertenecen al ámbito de la escritura
y, por lo tanto, tienen a su favor la fijeza de la letra, pero dependen de quienes poseen el conocimiento del
lenguaje escrito para que sus contenidos sean transmitidos. Además, no son inmunes a las exclusiones y
borrados de enunciados, como nos advierte Foucault (2008). A pesar de ello, Taylor considera que los
archivos y los repertorios pueden coexistir en una misma sociedad, sin que uno excluya la existencia del otro.
Así, basándonos en los supuestos teóricos presentados hasta ahora, observaremos, en primer lugar, la serie
de listas presentadas por el narrador de Tenda dos Milagres en la introducción de la novela. Estas listas se
presentan como registros de la cultura ancestral arraigada en el territorio de Pelourinho, y pueden considerarse
como anotaciones de los repertorios y representaciones de los conocimientos contenidos en esta cultura
(Taylor, 2013) o como anotaciones que iluminan el poder del legado afrodescendiente, poniendo en discusión
el choque entre la cultura dominante y la cultura marginada, presente en las ficciones de archivo
latinoamericanas de los años 1960-1970 (Echevarría, 2011). En ambos casos, sin duda, las listas presentadas
son una estrategia ficticia de archivo de la memoria cultural y la identidad del pueblo negro de Bahía.
Como género discursivo, las listas son tipos de textos que relacionan cosas o personas, con un criterio de
secuenciación, ya sea alfabético, temporal o cronológico (Costa, 2008); como un rol, una disposición de una
serie de nombres (de cosas; de personas, vivas o fallecidas; de circunstancias; de bienes, de cantidades, etc.),
ordenados para su formalización, registro o recuerdo. En el caso de la novela, el narrador, una especie de
doble de Pedro Archanjo (que anotaba todo en sus cuadernos para luego transformar las anotaciones en
documentos, en este caso libros, con el fin de legitimar lo que observaba y capturar mediante la letra impresa
la memoria colectiva marginada), introduce al lector en el ambiente de la narración a través de la “banda
sonora” del lugar, demostrando la intensa pulsación que allí existe:
Aquí resuenan los atabaques, los berimbaus, los ganzás, los agogôs; los pandeiros, los adufes, los caxixis, las calabazas:
instrumentos pobres, tan ricos en ritmo y melodía. En este territorio popular nacieron la música y la danza: su Deodoro es
especialista en atabaques, de todos los tipos y naciones: nagô y jeje, angola congo, e ilus de la nación ijexá. También
fabrica agbês y xerés, pero los mejores agogôs son de Manu. (Amado, 1969, p. 11).
Los instrumentos citados están íntimamente ligados a la capoeira de Angola. Esta lucha-danza se inscribe
como saber repertorial, acto y manifestación de resistencia de los afrodescendientes, habitantes de Salvador
y sobre todo del Pelourinho. El repertorio de golpes, guardado en la memoria de los maestros como “Budião,
Querido de Deus, Saveirista, Chico da Barra, Antônio Maré, Zacaria Grande, Piroca Peixoto, Sete Mortes,
Bigode de Seda, Pacífico do Rio Vermelho, Bom Cabelo, Vicente Pastinha, Doze Homens, Tiburcinho de
Jaguaribe, Chico Me Dá, Nô da Empresa y Barroquinha” (Amado, 1969, p. 14), se transmite a través de las
actuaciones de sus cuerpos a los aprendices, en un espectáculo de exuberante vitalidad:
los berimbaus dirigen los golpes, variados y terribles: media luna, rasteira, cabeçada, rabo de arraia, aú com rolê, aú de
cambaleão, açoite, bananeira, galopante, martelo, escorão, chibata armada, cutilada, boca de siri, boca de calça, chapa de
frente, chapa de costas y chapa de pie, son Bento Grande, São Bento Pequeno, Santa Maria, Cavalaria, Amazonas, Angola,
Angola Dobrada, Angola Pequena, Apanhe a Laranja no Chão Tico-Tico, Iúna, Samongo y Cinco Salomão — y hay más,
¡claro que sí!: aquí, en este territorio, la capoeira angola se enriqueció y transformó: sin dejar de ser lucha, se convirtió en
ballet. (Amado, 1969, p. 15-16).
Estos maestros, al practicar reiteradamente su oficio, (re)afirman su identidad ancestral. Pero no solo los
maestros de capoeira tienen su lugar en Pelourinho. El narrador enumera varios de ellos: riscador de milagros,
tipógrafo (en la figura de Lídio Corró, fiel amigo de Pedro Archanjo, el Ojuobá), escritores de literatura de
cordel, escultor, donas-das-ervas, artista plástico, “tambozeiro”, santeiros, prateiros, entre otros.